Conóceme

Nací en un valle de Suramérica conocido con el nombre de Caracas, aquí crecí, estudié, me enamoré y surgió mi vocación literaria, aunque no toda mi vida ha transcurrido en esta ciudad, mis padres son de Anzoátegui, un estado ubicado al oriente de Venezuela, allí pasé casi todas las vacaciones de mi infancia y mi adolescencia, al amparo del calor sofocante y la canción de la lluvia sobre el techo de zinc de la casa de mi abuela.

Mi escuela primaria transcurrió literalmente en las alturas, pues las instalaciones quedaban en el P.H. de Parque Central; desde allá arriba Caracas se veía muy pequeña, pero los sueños se respiraban más de cerca.

El bachillerato lo hice en un colegio católico, pese a que mis padres no eran practicantes, me habían bautizado a los cuatro años por insistencia de mi madrina, jamás hice la Primera Comunión ni la Confirmación, así que cuando entré al colegio los primeros días movía los labios durante las oraciones matutinas para disimular que me las sabía.

Una etapa feliz llegó cuando tuve la oportunidad de estudiar Letras en la Universidad Central de Venezuela, un mundo entero se abrió ante mí con cada materia cursada, yo me consideraba una lectora empedernida, pero ahí descubrí que en realidad no sabía nada, lo cual continúa siendo cierto.

Leí desde pequeña, mis padres me compraban y me leían cuentos, pero no solo eso, ambos eran grandes lectores, así que la letra entró con el ejemplo. Me encantaba sumergirme en las historias ocultas en las páginas de los libros, descubrirlas no solo con la vista, sino también con el olfato, pues si hay algo que me gusta hacer antes de abrir un libro es olerlo, como si se tratara de una flor o un apetitoso manjar, creo que tiene el encanto de ambos.

Mi primer intento de cuento lo escribí a los dieciocho años, con el tiempo el intento fue in crescendo, pero nunca me consideré escritora, comencé con la narrativa, y ya luego de los treinta ensayé tímidamente la poesía, jamás me daré a mí misma el título de poeta, pienso que es algo que solo te lo da la vida.

Los escritores que me han marcado más como lectora, probablemente también como escritora, han sido Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Isabel Allende, Teresa de la Parra y Julio Cortázar. Eso por nombrar los de la adolescencia y la adultez, porque de niña, definitivamente, fue Hans Christian Andersen quien me abrió las puertas de la fantasía.

Varios de los cuentos que aquí comparto fueron escritos hace mucho, en los años 90, otros son de más reciente data. Lo cierto es que han estado mucho tiempo “en el congelador”, como dice una talentosa colega. Todo texto requiere de ese período de hibernación para madurar lentamente y desarrollar su potencial, esa “criogénesis literaria” resulta esencial para lograr ese distanciamiento como escritores que nos permita volver al mismo y “echarle tijera” sin remordimiento. La distancia es el elemento esencial que nos permite evaluar objetivamente nuestros propios textos.

Acá los dejo, son de libre lectura, las editoriales no andan detrás de mí, aunque algunas han tenido la osadía de publicarme; tampoco creo que reconocerse como escritor/a sea monopolio exclusivo de quienes logran ser publicados por las grandes editoriales, pues se trata de una acción que tiene que ver con la propia identidad, así como mirarse al espejo y saber que la imagen que refleja es la nuestra.

Si concibes la vida en historias entonces eres escritor/a, es algo inevitable, puedes dejar de escribir, pero tu alma de escritor/a siempre andará descubriendo historias en todas partes y las mismas estarán ahí, haciendo cada vez más bulla, hasta que decidas dejarlas salir. Soy de las que piensan que las historias nos escogen por algo, así que si sientes el gusanillo de hacerlo, adelante, no se trata de hacerlo mejor ni peor que nadie, se trata de hacerlo tal y como tú lo harías; las historias son irrepetibles porque nadie las cuenta de la misma manera.

Sin más que decir aquí te dejo una parte de mí.

Bienvenido/a



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