Germinar el desierto / La Emperatriz

Ilustración de Margaret Morales

CUENTOS ARCANOS / ARCANO 3. LA EMPERATRIZ

Mi hermana mayor y el bebé murieron durante el parto, la del medio nos abandonó luego de que el novio la dejara plantada el día de la boda.

Ya veía venir el panorama. Quedaba yo, la menor, para ocuparme de mis padres, quienes se habían sumergido en la tristeza, y para velar por el primer hijo de mi hermana mayor, quien apenas tenía dos años y un padre que había quedado a la deriva al convertirse en viudo en lugar de celebrar el nacimiento de un nuevo retoño.

Después de mucho llorar al ver lo que me esperaba, una noche me asomé por la ventana y ahí estaba él, Ernesto, con sus ojos azules y penetrantes, esperándome. No lo pensé dos veces para correr a su encuentro.

Era el mismo hombre que había plantado a mi hermana dejándole una nota absurda entre las manos: “Las Sacerdotisas no se casan”. No sabía qué significaba aquello ni me interesaba, lo único que me importaba era que había quedado libre para estar conmigo. Yo lo había deseado desde el primer día que llegó a Santa Lucía y creo que él también me deseaba, pero entonces apareció mi hermana para estropearlo todo, pues apenas la vio solo tuvo ojos para ella.

Tal vez fue el despecho, pero siempre presentí que aquello no acabaría bien porque ellos hablaban mucho, jamás los vi besarse, jamás lo vi a él querer traspasar con ella los límites de la decencia.

Dos cosas tenía yo claras al escapar por la ventana: no iba a dedicarme a hablar y sería con él lo más indecente posible, no pensaba servirle en bandeja la oportunidad de abandonarme, tal como había hecho mi hermana.

Esa misma noche, antes de salir para siempre de Santa Lucía, me entregué a él dentro del mismo carro en el que luego partiríamos, no tenía planes de abandonar aquel pueblo puritano siendo todavía virgen, así que mientras Ernesto profanaba mi templo, tan bien resguardado hasta entonces, mi placer se redoblaba al sentir que con mi acto estaba dejando una mancha imborrable en aquel lugar aferrado a sus rígidas normas morales, famoso por todas las brujas que habían ardido en sus piras durante siglos.

¡Qué tonta había sido mi hermana al perder el tiempo hablando con un amante como Ernesto! Yo no pensaba repetir sus errores.

Desde el principio Ernesto me dijo que yo era la Emperatriz, ni reina ni princesa, nada más y nada menos que una Emperatriz. Yo me crecía cada vez que él me llamaba de esa forma y tenía la certeza de que un hombre jamás abandonaría a una mujer a quien daba tal apelativo.

Éramos viajeros de paso por cada pueblo y no parábamos de hacer el amor a todas horas y en todas partes, él era incansable y yo me había vuelto adicta a su deseo.

Cuando teníamos dos meses de habernos fugado, me dijo una tarde mientras se vestía y yo yacía desnuda y extenuada en la cama de un hotel de carretera:

—Ya debes estar embarazada.

Me quedé sorprendida al escucharlo, pero luego me fue invadiendo una gran satisfacción al comprender que en verdad me quería. ¿Por qué otra razón tendría tanta prisa en tener un hijo conmigo?

A las pocas semanas tuvimos la certeza de que así era, la alegría de ambos fue tremenda, él me abrazó como no lo había hecho antes y yo vislumbré nuestro futuro juntos, felices y rodeados de niños.

Sin embargo, mi felicidad pronto comenzó a apagarse, pues él no volvió a tocarme durante el embarazo, a pesar de lo mucho que yo lo buscaba, incluso le suplicaba que me tomara. Intenté todas las tácticas, desde las más sutiles hasta las más directas. Todo fue inútil.

Yo sentía que me moría sin tenerlo adentro, ya me había acostumbrado a su vaivén insaciable y feroz, ahora debía autocomplacerme con el recuerdo de su fluido caliente en mis entrañas.

Él me decía secamente:

—La prioridad ahora es el niño —mientras yo lloraba de impotencia y comenzaba a odiar a ese niño que me lo había quitado.

Nos instalamos en un caserío a orillas del desierto, yo detestaba aquel lugar, el calor húmedo y sofocante, la tierra seca, el viento que levantaba el polvo y lo metía en la casa. La soledad…

No sé a qué se dedicaba Ernesto todo el día. Entraba y salía sin dar explicaciones, fumaba, se la pasaba mirando un mazo de cartas que no me interesaban.

Había dejado de llamarme “emperatriz”, yo me consumía de rabia cada vez que él me rechazaba, mi único consuelo era pensar que cuando el niño naciera su pasión volvería. Solo por eso estaba dispuesta a esperar.

Mientras mi vientre crecía me dediqué a sembrar en algunas masetas semillas que Ernesto me había regalado y que, en mi frustración, yo había desdeñado; no tenía mayor expectativa al introducir las semillas en la tierra y regarlas cada día, en aquel lugar abandonado por la gracia divina no crecía nada. Había sembrado las semillas porque una de tantas mañanas en las que él me encontró llorando, se acercó a mí, me miró con dulzura, tomó mi mano, colocó las semillas sobre mi palma y me dijo:

—En vez de llorar, siembra. Eso hace la Emperatriz.

Así que me dediqué a sembrar para no pasar el día llorando. Para mi sorpresa las plantas crecieron hermosas y coloridas, al verlas Ernesto comentó complacido:

—Te lo dije. Tú eres la Emperatriz. Tú eres la vida.

Me sentí renacer al escuchar sus palabras, volqué toda mi pasión en las plantas, pronto nuestra casa se llenó de vida por dentro y por fuera. Había flores por doquier, Ernesto me traía semillas y tierra buena; la del suelo no servía, era una tierra estéril, en la que a duras penas prosperaba la maleza, en cambio en mis macetas tenía lugar el milagro la vida, tal como sucedía dentro de mi vientre.

Poco a poco me fui reconciliando con el niño que llevaba adentro, Ernesto afirmaba que era un niño y yo terminé aceptándolo. Me conformé con los pocos besos que me daba, en los cuales no había fuego, pero yo los recibía como brasas calientes que alimentaban la hoguera de mis ganas.

“Pronto”, me decía a mí misma, “ten paciencia”. Tomé un puñado de semillas y las arrojé hacia afuera, tomé otro puñado y salí, el sol quemaba, pero yo fui arrojando semillas por todas partes, loca de alegría; pronto nacería el niño y Ernesto volvería a ser el de antes. “Pronto, muy pronto”, me decía a mí misma al arrojar las semillas.

Días después, durante la noche, sucedió algo inusual: llovió. Apenas rompí fuentes se desató una lluvia torrencial que amenazaba con llevárselo todo. Caí al suelo con un grito de dolor, Ernesto me cargó y me llevó hasta la cama. No había ni un ápice de angustia en su rostro.

—No me dejes morir —le suplicaba yo.

—Tranquila, no morirás, te necesitamos para que sigas dando vida.

El dolor me partía en dos mientras afuera los truenos desagarraban el cielo.

Ernesto se hizo cargo de todo con maestría, yo solo rogaba no terminar como mi hermana mayor.

Un último grito, un “puja que ya está afuera”, y el llanto que me devolvió la fuerza.

—Quiero verlo, dámelo.

—Espera a que termine de acomodarlo.

Era un bebé perfecto, con los ojos de su padre. Cuando lo tuve en brazos no me importó nada más, el mundo podía terminar de caerse, dentro de aquella casucha todo era perfecto.

—¿Cómo lo vamos a llamar? —le pregunté.

—Su nombre es Endimión.

Un nombre tan extraño, pero no me importó, se haría lo que dijera su padre. Jamás me había sentido tan plena.

Me dormí con Endimión a mi lado, afuera la lluvia caía apaciblemente.

Cuando abrí los ojos ya era de día. Por primera vez se respiraba aire fresco y no el sopor sofocante de siempre. La claridad se coló bajo mis párpados y yo respiré en paz.

Endimión no estaba a mi lado, de pronto me pareció que había demasiado silencio. Una punzada fría se me clavó en el corazón. Hice un esfuerzo enorme pare dejar la cama, me dolía todo el cuerpo. Caminé con dificultad hasta la ventana, el carro no estaba, en cambio me sorprendí al ver pequeños brotes verdes que se extendían cerca de la casa. Bajé la mirada y sobre la mesa encontré una nota, el pecho se me llenó de angustia, recordé la nota que le había hecho llegar a mi hermana el día de la boda, pero yo no era la Sacerdotisa, él me lo había dicho varias veces: “Tú eres la Emperatriz”.

Desdoblé el papel para leer: “Siembra estas semillas fuera de la casa y cuídalas hasta nuestro regreso”. Mi grito se perdió en el desierto.

He sembrado las semillas y grandes árboles han crecido, la tierra ya no es seca, en kilómetros a la redonda todo es vida. Vienen personas de todas partes a ver el “oasis”, nombre con el cual han bautizado la choza y sus alrededores.

Han venido con cámaras de televisión, se han acercado curiosos, especialistas, pero no he podido contestar ninguna de sus preguntas porque desde aquella lejana mañana me quedé sin voz, aquel grito fue el último sonido emitido por mis cuerdas vocales. A veces vuelve a mí como un eco para recordarme lo que perdí. ¡Cómo si pudiera olvidarlo!

Cada tarde, ajena a los paseantes que me señalan y cuchichean, me siento a la sombra de los árboles y miro hacia la carretera esperando un regreso que no llega.

©NidekcaSuárez

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

Un comentario en “Germinar el desierto / La Emperatriz

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