En los ojos de una gata

Imagen de Katya Minkina

Ella no comprendía que él había tenido una visión, ¿cómo esperar que lo hiciera si él mismo no entendía muy bien lo que había visto? No era el alcohol, no, era algo más, esta vez había estado sobrio y estaba dispuesto a jurarlo.

Por lo general, cuando bebía, evocaba el pasado: las palizas que le daba su madre todas las tardes por su empeño en ir a jugar béisbol con los demás niños de la cuadra, pero qué podía hacer, su sueño era ser jugador profesional y no había paliza que lo desanimara cuando se hallaba en el campo lanzando la bola bajo el cielo despejado. El sonido seco de la bola cayendo en el centro del gastado guante que cubría su mano le aceleraba el corazón. Tenía un don innato, lo sabía, pero sus padres no lo veían.

En realidad no eran sus padres. La madre que lo había parido dejó el calor sofocante de este mundo cuando él era aún demasiado pequeño para estar sin ella, a los pocos días lo fue a buscar su tía, quien también era su madrina. Jamás olvidaría la travesía en burro desde el campo donde había vivido hasta el emergente pueblo petrolero que sería su nuevo hogar. Atrás quedaban las carreras en el monte y la gata que los había alimentado; siempre escuchaba decir que los gatos eran desagradecidos e interesados, pero no esa gata, cuando ellos no tenían más que yuca seca para comer, ella les dejaba todas las mañanas en la puerta del rancho un conejo recién cazado, luego iba por el suyo.

Con ese paseo en burro inició su nueva vida. ¿Le daban de comer? Sí. ¿Tenía con qué vestirse? También. Hasta le habían enseñado a declamar poesía para que se luciera en las reuniones familiares: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. / Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella…”;  pero para él nada de eso tenía la menor importancia, porque no lo dejaban jugar al béisbol y ese era su primer y gran amor.

Ahora ella no lo dejaba entrar y esa noche él necesitaba dormir en una cama cálida.

Se había perdido durante días, dejando solas en el pequeño apartamento capitalino a la esposa y la hija. Se había sentado en la barra del bar a beber unos traguitos, pero pronto aparecieron los amigos y luego las trabajadoras nocturnas que tan bien lo conocían; lo llamaban Pepito, su esposa jamás lo había llamado así y, sin embargo, ¡cómo quería a esa negra mal encarada! Su segundo gran amor.

Ella es así, pensaba mientras bebía y veía el partido de béisbol en la pantalla del televisor. Ella siempre había sido así. Cuando la conoció tenía apenas doce años, él tenía veinte, pero aquella carricita mal encarada le robó el corazón. Era la primera vez que la veía en las reuniones del partido, iba con una de sus mejores amigas, la hija mayor del camarada Porres, famosa por su belleza en todo el pueblo, era sabido que los enamorados que le llevaban serenatas terminaban empapados por el agua que les arrojaba la esposa del camarada. Ella había militado en el partido desde jovencita, como buena hija de un camarada tan respetado por todos, en aquella ocasión había llevado a su hermana para que se estrenara, una muchacha con cara de disgusto que no abrió la boca durante la reunión.

De regreso, en el autobús, él contó un chiste, era muy bueno contándolos, por lo general todos soltaban la carcajada, per ella no se rió, por primera vez en toda la tarde lo miró para decirle con voz muy seria: “Eso no es así como tú lo estás contando”, a lo que él respondió divertido: “Entonces cuéntalo tú”, ella se enfurruñó aún más y se volteó hacia el vidrio de la ventana que reflejaba su rostro lindo y enojado.

¡Cómo quería él a esa negra! Pero por más que la quisiera no podía dejar de beber, aún le dolían demasiado las palizas y el sueño por el cual no fue capaz de luchar…

***

Léelo completo:

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

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