Soñando con Scrooge

Más de un siglo después de la muerte de Dickens, se encontró traspapelada entre sus archivos personales una carta en la cual describía un sueño relacionado con el origen de Canción de Navidad.

La carta, cuyos albaceas decidieron mantener en secreto, comienza con estas palabras:

Ahora que presiento el final muy cerca sé cuáles son las tres cabezas de mi monstruo: exceso, lujuria, complacencia. Entre sus garras sostiene la aguja… Con cada día que pasa crece en mí la certeza de que no lograré pasar la prueba, lo cual me ha sumido en la amargura; me he convertido en él. Todos nacemos con la llave en la mano y, tarde o temprano, todos la arrojamos porque nos estorba en nuestros planes mundanos, a veces un rayo de conciencia nos lleva a arrepentirnos de haberla tirado, entonces hacemos lo posible por recuperarla, pero no es raro que de nuevo la dejemos caer. Dichoso el hombre que orienta sus acciones a recuperar la llave, con ella, cuando llegue la hora, podrá abrir las puertas del verdadero Reino. Hoy en día la llave yace muy lejos de mi alcance y ya no tengo fuerzas para ir por ella…”.

Quince días después falleció en su cama a causa de un derrame cerebral.

En las gastadas páginas, cuya autenticidad ha sido puesta en duda por muchos, el autor relata que durante una noche de tormenta, en la cual el viento arrancaba quejidos a las entrañas de los árboles, se había visto a sí mismo en el cementerio contemplando una tumba, sus pies estaban hundidos en el fango y del ala de su sombrero chorreaba agua “… como un segundo bautismo para limpiar pecados hondamente arraigados…”.

La lluvia caí tenaz, y en un principio, por más que lo intentó, no consiguió leer lo que decía la lápida, hasta que finalmente distinguió su propio nombre. Tras el escalofrío inicial tuvo la lucidez de estar dentro de un sueño, si era así podía resultar premonitorio, por lo que quería, y a la vez temía, ver el año de su muerte; pero tras “18..” los últimos dos dígitos se le desdibujaban. “Cada vez que intentaba descifrar los números que completaban el año mi pulso se aceleraba y el cuerpo, obstinadamente, se negaba a obedecerme…”.

Batallaba en vano una y otra vez en su afán por develar el número, cuando una aparición terminó de helarle la sangre. Parado junto a la lápida vio a un anciano encorvado, de pelo grasiento, tez cetrina, nariz ganchuda y traje gastado. Se preguntó si había estado ahí desde el principio, observándolo. Sus ojos resultaban aterradores, “… aunque por un instante fugaz me pareció percibir al fondo de las pupilas cierto desamparo; su expresión era dura, pero no había crueldad en ella, solo amargura; su mandíbula temblaba levemente…”.

Al verlo, Dickens retrocedió de forma instintiva, estaba a punto de echar a correr cuando la esquelética figura hizo un movimiento con el brazo y señaló algo con su dedo huesudo: era el epitafio. Venciendo la repugnancia que le inspiraba aquel espectro volvió a acercarse a la lápida, se agachó frente a ella, retiró el exceso de agua con el dorso del antebrazo, “… entonces leí claramente las palabras que antes había pasado por alto, ¿o tal vez era aquella visión fantasmal, remedo de hombre y espanto, quien las había traído?…”.

En ese momento despertó “… pero puede decirse que una parte de mí jamás regresó de aquel sueño…”. El peso de las palabras grabadas sobre la lápida se le convirtió en un tormento, para librarse de ellas decidió emprender la escritura de un nuevo libro, en el cual le dio el papel protagónico al anciano, y aunque se trató de un exorcismo literario, “una especie de recato, o cobardía, me impidió incluir la frase en la obra…”, razón por la cual la verdadera causa del cambio experimentado por el señor Scrooge quedó fuera del libro.

De lo contrario, Dickens habría relatado que cuando el espíritu de las Navidades futuras llevó a Ebenezer Scrooge a contemplar su propio funeral, lo que más le aterró no fue el hecho de morir en soledad o que hubiese quien se alegrara de su muerte, no, la revelación que lo estremeció hasta los tuétanos fue la frase del epitafio en su tumba, misma que mostró al autor en el sueño.

Hubo algo más que torturó al autor hasta el final de sus días:

Desde que di inicio a la escritura del libro una duda comenzó a corroerme como la lepra: ¿Soñé yo realmente con Scrooge o fue él quien me soñó a mí? De ser así yo no fui más que un personaje en el sueño del patético anciano a quien otorgué la redención que no fui capaz de otorgarme a mí mismo; por lo tanto es posible que todas las veces que creí soñar con un personaje, o siquiera imaginarlo, en realidad fuera él quien me estuviese soñando. Lo cual me ha llevado a la más desoladora de las hipótesis: solo soy el remanente onírico de todos los personajes que, ilusa y vanidosamente, he creído inventar…”.

La carta termina expresando la última voluntad del escritor. Dickens pedía que en su lápida apareciera la frase que no incluyó en el libro, pero quienes se encargaron de sus ritos funerarios consideraron la petición un capricho, una excentricidad más de su carácter, y la desestimaron; además en la losa que cubre su tumba, ubicada en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster, no hay lugar para epitafios; de otra forma el mismo hubiera rezado:

¿Lograrás pasar por el ojo de la aguja

que sostiene el monstruo de tres cabezas?

Si lo consigues recuperarás la llave

que tan lejos arrojaste en vida

©Nidesca Suárez

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

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