Se compra oro

Imagen de El’Cesart

—Se compra oro, dólares, euros. Se compra oro, dólares, euros…

Repetía la misma letanía frente al Congreso, bajo el calor de la una. Su piel oscura resistía sin chistar los embates del sol. El cielo, hacia el que nunca levantaba la vista, era de un azul muy claro, con ciertas vetas blancas por donde habían pasado los ángeles, era lo que solía decir su abuela, pero aquel mediodía ella no creía en ángeles, solo deseaba que llegara algún incauto a vender algo para resolver el día.

Ya no la dejaban usar los baños de Kilomanía, habían cambiado la gerencia prohibiéndole la entrada a ella y a los otros pregoneros de la zona, ahora cada quien tenía que resolver como pudiera. Cuando ya no aguantaba más caminaba hasta la esquina del Café Venezuela y en medio del tumulto se iba haciendo la loca hasta que entraba, a veces la asaltaba la tentación de hacer la cola para tomarse un café, pero de solo pensar en el tiempo que perdería se le quitaban las ganas, por aquellos días su tiempo valía oro, y nunca mejor dicho.

Dejó atrás la Plaza Bolívar para volver a su puesto frente al Congreso, el Jimmy debía estar por llegar con el encargo, le había mandado un mensaje hacía media hora. Pasó frente a la entrada de la Francia, una vez había escuchado decir a unos carajitos universitarios que esas puertas eran masónicas, no sabía lo que eso significaba, lo que sabía era que Enyer, el chamo de su barrio que le había conseguido la chamba, le había dicho que allí adentro pasaban cosas raras y que era mejor que no entrara. Ahora ese chamo estaba muerto, le habían dado cuatro tiros y habían tardado una semana en encontrarlo tirado en un basurero de las afueras. Ella tampoco esperaba vivir mucho, no esperaba ser como su abuela.

Llegó junto al árbol. Dónde estaría Jimmy, por qué se tardaba tanto. Había ido al Paraíso, junto al becerro del Armstrong, a meterse en una de esas casas donde algún viejo vivía solo, a revisar qué encontraban. Por lo general el ocupante ni se enteraba, o se había quedado dormido frente al televisor o había salido a hacer la cola para cobrar la pensión, que era el día que ellos aprovechaban para husmear. Dólares no encontraban muchos, menos aún euros, pero oro siempre había. “Nuestro trabajo es calidad, reina, no dejamos huellas, somos sutil como el papel, mami”, se vanagloriaba el Jimmy con su sonrisa torcida.

Lo vio parar la moto en la esquina. El Armstrong se había ido por su cuenta, como siempre. Traía de parrillera a una carajita blanca con lentes oscuros. No sabía de dónde sacaba a esas ilusas o qué les prometía, la naturaleza lo había dotado con buen físico, los aros y los tatuajes terminaban de hacer el resto.

El Jimmy y la blanquita se acercaron tomados de la mano. Él con la cara de satisfacción que lo caracterizaba, ella con su aire de hembra en celo a punto de ser servida.

Ella nunca les daba la mano, para qué, tenían nombres comunes: Ana, María, Rosa, Teresa… Para ella eran siempre la misma, lo importante era que hicieran bien el papel de niña bien a quien no le quedaba más remedio que vender parte de sus prendas para ayudar a su abuelita.

¿Qué sabrían ellas de abuelas? La suya agonizaba en el rancho y ella sin poder conseguir las medicinas. Entraron, el Jimmy siempre se quedaba afuera fumando, prefería que no lo vieran, y hacía bien.

Aquamán vio, olió, mordió, pesó, y ofreció por debajo, como de costumbre. Le dio un par de miradas lascivas a la niña, tomó el teléfono y realizó la transferencia.

– Listo mami, ya lo tienes en tu cuenta.

Estas mamis no tenían nada de pendejas, exigían su porcentaje, por supuesto, y el premio del Jimmy en su cama.

Los vio partir en la moto, ella abrazada a él como si supiera que tarde o temprano se le escaparía. Así lo abrazaban todas. Así lo había abrazado ella cuando tenía quince años. Era mejor como socio.

Contraviniendo sus instintos caminó hasta la plaza, detestaba ponerse sentimental recordando cuando su abuela la bajaba del cerro y la soltaba ahí para que correteara tras las palomas. Tenía reservado un cigarrito para aquella hora.

—Ese señor sobre el caballo se llama Simón Bolívar. Es el padre de la Patria.

Eso se lo había dicho la primera vez que la había llevado, ella no había conocido a su padre, pero estaba segura de que no podía ser ese señor, porque aunque el bronce era oscuro, tenía pinta de blanco. Negras eran las ardillas que subían y bajaban por las ramas de los árboles acostumbradas a que la gente les diera comida.

Un matiz anaranjado le indicó que era hora de irse, ya el metro debía estar colapsado.

Para su asombro, frente al Congreso los negocios habían cerrado, la esquina caliente estaba desierta, el televisor permanecía encendido sin que nadie lo viera. ¿Qué se había hecho la gente?

Volvió la vista hacia la plaza, solo quedaban las palomas caminando torpemente. Debía llegar rápido a Capitolio, pero al pasar frente a la Francia las puertas se abrieron invitándola a entrar y no pudo resistirse.

No es mucho lo que recuerda. Un pasillo que se desdibuja, unos enanos, unas risotadas, un cántico en una lengua extraña, el sonido de los tambores, y el recuerdo de su abuela muy lejano… un dolor en el pecho, unas ganas de ser libre, ese señor no es mi papá, la primera vez con el Jimmy, la oscuridad y el temblor en los huesos…

Ahora está allí, en la plaza, junto a las otras, esperando que alguien les arroje algo que puedan picotear. Ha aprendido a usar las alas, pero aún no se atreve a ir al barrio, a veces ve pasar al Jimmy, siempre con una distinta, una vez voló hacia él y recibió un manotazo.

Algún día, cuando ya no sienta miedo del cielo, irá a visitar a su abuela.

©Nidesca Suárez

Este cuento obtuvo Mención de Honor en la 3era edición del Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia 2018.

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

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