Los no mirados

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Entro a la fábrica, el lector automático verifica el código de barras incrustado bajo la piel de mi muñeca desde mi nacimiento. Ocupo mi lugar de trabajo, no sé lo que se fabrica en este lugar en el que he pasado mi vida. Es asunto de seguridad, no tienen por qué darnos explicaciones, cada quien se concentra en su tarea sin preguntar. Tampoco es que nos interese, no somos seres curiosos. Últimamente he llegado a la conclusión de que en realidad no fabricamos nada, mantenernos aquí, perennemente ocupados, es una estrategia para que no deseemos; encerrados sin ver la luz del sol, aturdidos por el ruido, con todos los sentidos imbuidos en la pequeña labor que cada quien realiza, sin mirarnos de frente, sin saber cómo luce quien trabaja a nuestro lado. Seguramente la meta es perpetuar una masa de individuos que se olviden a sí mismos a fuerza de no mirarse, dóciles y sin esperanza.

Estas máscaras incoloras y sin expresión que llevamos adheridas al rostro no hacen falta, me parece que han logrado su objetivo, aunque quizás no del todo, porque en mí sobrevive el virus del deseo. A veces me asaltan unas ganas hirientes de saber cómo luzco, pero vivimos en un mundo sin espejos, cristales o superficies que puedan reflejarnos. “Contemplar la propia imagen es un acto perverso. Los espejos solo conducen a la locura. Desear es un virus que debe ser extirpado…”, reza el credo que recitamos a diario.

¿Y si el espejo fuese la mirada de alguien más? Alguien que conociera mis gestos, el tono de mis ojos, los pliegues de mis labios. Es una fantasía recurrente y dolorosa, porque sé bien que jamás nadie me ha mirado, ni la mujer de cuyo vientre salí, inseminada para dar a luz a otro eslabón de la cadena; ni los médicos, quienes seguramente me examinaron de manera automática al nacer, tal como continúan haciéndolo periódicamente; ni los androides, encargados de darnos nuestra ración diaria de alimentos, acompañarnos a nuestro dormitorio al acabar la jornada, asegurarse de que tomemos nuestras píldoras y encerrarnos por nuestra propia seguridad.

El exterior está lleno de gérmenes, de peligros insospechados, amenazas de todo tipo hacen que la expectativa de una vida fuera de este recinto resulte terrorífica. Todo comenzó con la pandemia del año 20, eso nos han dicho, además hemos visto en las proyecciones que nos pasan a diario cómo comenzaron tapando la parte inferior de sus rostros. Somos afortunados, muy afortunados, pese a tener que usar estas máscaras completas día y noche; ellos caían por millares, aquí gozamos de una vida larga y tranquila.

Somos los no mirados, solo nos queda imaginar nuestra faz, aunque la imaginación esté catalogada como un grave delito y, sin embargo, bajo esta máscara que no podemos retirar, cada día imagino unas facciones distintas. No solo he incurrido en el delito de la imaginación, tampoco he reportado, como es nuestro deber hacer en estos casos, que el androide asignado a mí parece haber sufrido algún tipo de desperfecto, se comporta de manera extraña, a veces se le ha pasado darme mi ración de alimentos, desde hace varias noches no me ha dado las píldoras, lo cual ha ocasionado que mi percepción se agudice y mi imaginación se dispare a la par de mis deseos; lo más grave es que hace unos instantes dijo en voz alta el código de acceso a mi dormitorio.

Puede tratarse de una trampa, aun así no he podido evitar que en mi mente germine la loca idea de ir al exterior, no sé cómo, es  un pensamiento que me aterra y me excita a la vez, pero estoy dispuesta a encarar todo tipo de monstruos con tal de retirar esta máscara y mirarme en un espejo, aunque hacerlo signifique perder la cordura.

©Nidesca Suárez

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

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