El desayuno perfecto

Imagen de George Redhawk

Preparó el desayuno como cada mañana. Esa vez la migraña era más fuerte de lo habitual. Llevaba varios días con dolores de cabeza intermitentes e intensos, llegaban de madrugada como ráfagas furtivas y desaparecían con el alba, pero esa mañana la aparición del sol no había surtido el efecto deseado.

No le dijo nada, no quería que él supiera, pensaba dejarlo, a decir verdad para ella se había acabado meses atrás. No estaba segura de si él lo sabía, tenía que haber notado la disminución de sus gemidos en la cama y lo poco que lo miraba a la cara.

Tres años no pasaban en vano, pensó mientras partía los huevos. Eran jóvenes, se habían ido a vivir juntos demasiado a prisa. Lo decidieron una noche de lluvia con los truenos opacando la razón.

Le gustaba esmerarse en cada comida, él era un comensal exigente, tal vez por eso no lo había dejado antes. Se habían conocido en una degustación de comida asiática cuando ella buscaba algo que aplacara el rastro del picante en sus papilas y halló la salvación en la copa de vino que él le ofreció aderezada con una mirada que la hizo sentir más calor que cualquier condimento.

La migraña latía a un ritmo repetitivo al servir las omelettes sobre los platos cuadrados que su amiga Sonia les había regalado, “especiales para desayunar en pareja”, había dicho con su sonrisa perfecta mientras en sus ojos verde oliva brillaba el airecillo de superioridad que le conociera desde la escuela primaria.

Disfrutaba dorar las tostadas en mantequilla, en aceite quedaban sosas, y él no soportaba las tostadas sosas. Estar a punto de dejar a un hombre no justificaba ofrecerle tostadas sosas.

Una puntada dolorosa viajó a exceso de velocidad por su columna hasta la parte posterior de su cuello. Cerró los ojos e intentó aplicar alguna técnica de respiración aprendida en uno de esos cursos donde cobraban mucho por repetir lo mismo. La prioridad era que las tostadas no se pasaran del punto, tanteó en busca de la espátula con los ojos entrecerrados y les dio la vuelta.

No podía sentarse ahora, debía picar las naranjas para el jugo, era mejor un buen vaso en las mañanas que andar tragando vitaminas, además él ya se había acostumbrado y no podía dejarlo sin su jugo. Lo dejaría después del desayuno. Esperaría a que él saliera y luego se iría para siempre.

Al comenzar a exprimir las naranjas sintió calambres en los brazos y la espalda, se encorvó y continuó exprimiendo, el líquido amarillo le recordó el tono del vestido que había usado en la cena de la noche anterior. Había dormido con él puesto, cambiarse no había sido una prioridad al llegar a casa.

Todo listo para servir. Caminó hasta la mesa con las piernas agarrotadas. Una sensación de irrealidad parecía querer tragársela, pero las servilletas tenían que estar perfectamente dobladas y cada cubierto debía ocupar su sitio.

¿Estaban bien colocadas las flores? No lo sabía, solo lograba distinguir formas borrosas y colores intensos. ¿Y la mermelada? ¿Había sacado la de durazno, prepara por ella, o la comercial, preferida por él? La acusaba continuamente de no decir lo que pensaba, ¿y él? ¿Acaso era capaz de reconocer que en materia de mermelada su gusto era vulgar?

Palpó a ciegas a su alrededor. “¡El desayuno está listo!”, quiso gritar, cosa que no solía hacer, pues él detestaba los gritos. ¿Por qué siendo tan puntual hoy se tardaba tanto? Cayó al suelo. ¿Era idea suya o todos sus músculos parecían estirarse y encogerse a la vez? ¿Qué se había hecho el aire? Aspiró con dificultad. Con cada bocanada la golpeaba una imagen dolorosa. No eran sus gemidos los que habían disminuido, sino la frecuencia con que él la buscaba y por más que se esforzaba era él quien parecía haberse olvidado de mirarla, y anoche donde Sonia, cuando todos se habían ido, él le dijo que no volvería y ella, la perfecta Sonia, la miró con burla desde sus pupilas verde oliva mientras le decía: “No me digas que no lo sabías”, y posaba su mano de marfil sobre el hombro de él como si fuese otra de sus pertenencias.

Lo que más deseaba en ese momento era tirar los platos cuadrados y verlos estrellarse por toda la cocina, pero se había convertido en una mosca negra y diminuta, por lo que solo pudo alzar el vuelo para posarse sobre la punta de uno de los tenedores. ¡Todo olía tan bien! No sabía que la comida pudiera oler de esa manera. Lo más irresistible era la mermelada preparada por ella. Hacia allá se dirigió zumbando. Sintió el placer de la sustancia viscosa entre las patas y sorbió el néctar con deleite recién descubierto. Ya no había dolor, solo necesidad de hartarse y luego reposar en un rincón tranquilo.

Tal vez se encontrara con otras que, como ella, se hubiesen transformado preparando la comida perfecta para alguien que ya no estaba. Pasado un tiempo iría a buscarlo, seguramente lo hallaría convertido en un muñeco triste y olvidado por Sonia, como había sucedido con tantos otros, entonces se posaría sobre su ser inanimado y dejaría sobre él la marca indeleble de lo que en realidad pensaba.

©Nidesca Suárez

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

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