Cordón de sangre

Imagen de Chris Weston

George Hall mató a su mujer de manera simple, cruel y rápida, tres características que lo distinguían entre todos los hombres. Pero tal vez deba remontarme catorce años atrás antes de volver a nombrar a Hall “cordón de sangre”, tal como se le conoce en toda California.

En 1840, los veleros de la Armada inglesa atacaron las costas de Guandong, en China. La dinastía manchú había decidido cerrar los puertos a toda embarcación extranjera, pero los demonios blancos no estaban dispuestos a ceder su mejor mercado dócilmente, el tráfico de opio los había enriquecido y no sería una dinastía decadente lo que los obligaría a retirarse.

Yo tenía quince años y el sonido de los cañones se me grabó para siempre en algún lugar del sueño, porque desde ese día no he podido dormir sin escucharlos; cuando diez años después llegaron los americanos ofreciéndonos un pedazo del Paraíso no lo dudé y subí al primer barco que zarpó. Así es, abandoné mi país y mi familia por la ilusión de una tierra que no oliera a ruinas.

Pronto comencé a pagarlo, no me embarcaba como hombre libre, sino como esclavo y, como tal, no era digno de una comida decente o de ser tratado como un ser humano. Ellos nos consideraban bestias de carga, yo los consideraba criaturas primitivas y aunque mi corazón estaba lleno de odio no me molesté en despreciar aquellas formas sin alma que se llamaban a sí mismos hombres. Uno de aquellos seres era George Hall, el jefe de la manada, quien tiñó su cordón con el rojo de nuestra sangre y la de muchos otros que, incautamente, cayeron en la trampa de perseguir el espejismo de un mundo diferente.

Rieles, rieles y más rieles, millas y más millas, humillación y más humillación, desesperanza y más… y más… y el cordón de Hall implacable sobre cualquiera que se atreviera a levantar la mirada.

Cuando terminé de echar los rieles fui tras el oro, pero jamás encontré nada. Me torné en ermitaño y como sabía que no había vuelta atrás mi alma se fue secando. Además del rugido de los cañones, la silueta de un dragón comenzó a colarse frecuentemente en mis sueños. Había aparecido por vez primera en el barco, una noche particularmente fría, en la que la piel llagada de mi espalda maldecía al cordón ensangrentado de George Hall. Había continuado visitándome al echar las vías del ferrocarril y se había burlado de mí al ir tras las rocas amarillas y brillantes que se hallaban siempre fuera de mi alcance. Ese dragón que yo había decidido ignorar era para entonces mi único compañero y me pareció escucharlo susurrar que si buscaba a Hall haría justicia. ¿Pero cómo haría un chino justicia en una tierra que se regía por todo lo opuesto a ese precepto?

En vez de ir tras Hall me interné en el desierto y decidí morir, huía de todo sonido humano, de los cascos de los caballos, del resplandor de las fogatas, de las voces ruidosas y torpes, de la estela dejada por las balas. Huía de un mundo que apestaba, cada día alguien era víctima de la violencia que había decidido hacer de este territorio su sala de fiesta.  América es como un toro sediento de sangre, un toro al que han marcado con un hierro demasiado candente arrancándole el sosiego y el juicio, por eso no puede parar, además está ciego, lo cual lo hace aún más peligroso.

Me alejé tanto que ya no logré escuchar nada, pero yo también, al igual que el toro al que tanto temía, tenía marcas que no me permitían la paz, sobre todo aquellas infligidas por el cordón de George Hall, las cuales me impedían dormir sobre la arena caliente, tan insoportable se fue haciendo el dolor que seguramente terminé de enloquecer por la falta de sueño y decidí ir a buscarlo…

©Nidesca Suárez

Léelo completo:

Publicado por Nideska Suárez

Escritora venezolana

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